Es algo demasiado humano el deseo que tenemos de que los demás hablen bien de nosotros. La sed de gloria es considerada por el mundo como muy legítima y hasta noble. Pero el Señor dice: "Ay de ustedes cuando los hombres les aplaudieren"( Lc 6,26); la luz de Cristo se opone al criterio mundano.
Hemos de saber que Cristo se humilló, renunció a su igualdad con Dios y abandonó ese privilegio. No habló por su cuenta, era veraz y justo; y lo es. Ningún discípulo de Cristo es más que Cristo. Todo apóstol está puesto como basura del mundo.
La luz de Cristo se opone a los goces mundanos. San Pablo advierte (1 Cor 7, 31): "Los que gozan del mundo, vivan como si no gozasen de él". La escena de este mundo con sus bellezas temporales y carnales es una escena que pasa, que desaparece. Las apariencias son así, como en el teatro: cae el telón de repente y se acaba la escena que se representaba. Un cristiano pleno sabe bien que las bellezas de la carne producen intensas emociones; en cambio, lo espiritual es tranquilo. Aquello es apariencia; ésto es verdad. Si de verdad somos imitadores de Cristo, no podemos seguir tristes pensando que las bellezas temporales son mejores que las del espíritu. Los hombres vemos una mujer hermosa y medio desnuda y eso nos produce una intensa emoción. Las mujeres ven un hombre hermoso y de película, y eso les produce intensa emoción. Igual sucede con las riquezas, las satisfacciones, los elogios: pura apariencia que desaparece. Y este mundo, más el actual, está abarrotado de apariencias. Un cristiano sabedor de la verdad de las cosas ambiciona más, no quiere poner su destino en cosas que van a desaparecer de repente. En la realidad hay algo que es lo más real de todo, y ese algo es el misterio insondable del Amor de Dios, de su Hijo que se humilló por salvarnos; si nos entregamos al Amor entenderemos, nos sentiremos satisfechos en nuestro corazón tanto como en nuestra mente.
Oremos.
Señor Dios, Padre Santo, que las apariencias de este mundo que pasa y el deseo de una gloria mundana no nos alejen de la verdadera bienaventuranza que es ser imitadores de tu Hijo, Jesucristo. Que no pongamos nuestro destino en cosas mundanas. En el Nombre de Jesús. Amén.
miércoles, 11 de septiembre de 2024
Verdad y Apariencia
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