Mí dulce Madre, tú me cuidas.
Dulcísima Señora mía, eres Terrible.
Y también eres suave, tus palabras
me llevan a Jesús, que es Luz de mi vida.
Tú, Madre suavísima, me abriste
una puerta que yo no conocía.
Ahora me llevas de la mano
a contemplar el Rostro de tu Hijo, el Mesías.
Triste estaba yo porque quería
llegar a Jesús; más sólo no podía.
Y te conocí a Ti, que eres de fuego,
¡Gracias Madre dulcísima!
Feliz por tu compañía.
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